No me gusta cortar los árboles. Ni los arbustos. Ni siquiera el pasto.
Y no es por vagancia.
Cuando era muy chiquita, tendría unos cuatro años, mi mamá me enseñó que las plantas tenían vida. Lo comprobamos juntas con una azalea que se estaba secando en una maceta. Ella me contó como un cuento, que si todos los días yo le hablaba un poco (no mucho como era mi costumbre) la plantita se pondría feliz y no se iba a secar ; se pondría muy grande y fuerte. No sé si mi madre la regó más de lo habitual, o colocó algún fertilizante, o era para no escucharme cantar con esa voz aflautada que suelen tener las nenas..pero la planta creció...mucho.
A veces las madres, o los padres, no tenemos idea de cuanto podemos influir en la historia de nuestros hijos. Una vez vivíamos sobre una avenida que al ser remodelada le fueron sustraídos todos los árboles añosos, con unas máquinas enormes y amarillas los arrancaron desde la raíz. Cuando ví la escena me puse a llorar con una pena tremenda, y ahora pienso que mi sensibilidad ya estaba bastante desbordada entonces.
Hoy el pasto de mi jardín estaba más que alto. Como si la naturaleza se ríera, las plantas que viven en él toman unas dimensiones enormes y desordenadas en poco tiempo. Y cada vez que tengo que cortarlas les pido perdón...sé que solo las corto para ser una persona supuestamente civilizada, para que los yuyos no me invadan la casa.
Y nunca intento hacer paralelos entre el jardín y mi vida personal.


