Sospecho que es un día más frío que lo normal. Cuando es un frío normal, las ventanas se empañan y se puede dibujar con los dedos en los vidrios. Pero afuera existe un gris plomizo bastante prepotente, con ganas de arrastrar nostalgias de los pelos, pararlas frente a mi puerta y obligarlas a tocar timbre. Se justificarán diciendo que pensaron que las estaba llamando, que traian un pedido, que si no tenía un recuerdo que me sobre para convidarlas con algo caliente, o lo que pueda, no sé...una foto impresa, una canción desanudada, una nota borrosa que no tenga sentido. Dicen que con cualquier cosita estarían bien.
Como no me gusta escuchar el timbre con insistencia, porque me distrae y me obliga a cambiarme para salir de la cama, atenderé sus empalagosos estomagos vacios, sedientos de calma y placebos, con tal que se alejen lo más rápido posible.
Seguro revolveré cajones que nunca abro; un recuerdo analogico, una carta escrita a mano o un moño descolorido de un regalo antiguo. Caminaré por el pasillo que llega hasta la entrada, giraré la llave mientras sostengo el picaporte con una mano, y abriré con fuerza porque con el frío las puertas siempre se traban.
Será inevitable que me den pena esas nostalgias obligadas a trabajar un día otoñal, muertas de hambre, sin tiempo para descansar sus piecitos descalzos. Seguramente las invitaré a pasar, les prepararé algo de cenar antes que se acuestan con sus cuerpos mugrientos en mis sábanas limpias. Todo tan previsible que tanta obviedad, me dará ganas de vomitar
Hay cosas que merecerían padecer de orfandad. O simplemente dejar que se mueran.
Tal vez sea el mismo recurso pero en diferente tiempo.